viernes, 27 de abril de 2012
La estabilización del deterioro
Ya es que hay que dudar hasta de la gramática. De tanto oír la radio, ver la tele, leer los diarios, con tanta declaración y tanto comentario, tanto índice y tanta anáfora, llegamos a pensar que el lenguaje está mutando por segundos. Lo último lo de la "estabilización del deterioro". Es como para pararse un poco y pensarlo. Ya no es que esperemos que algo mejore o se le pueda hacer un remiendo, o que, con un poco de imaginación e ingenio, una vainica aquí, un nudo allá, soñemos con volver a lucir ese traje que hemos hecho jirones. No, ahora nos conformamos con que se quede como está. Se estabilice. Aunque esté descosido, deshilachado, sin botones, casi un harapo. La transmisión del mensaje no entiende de semas y los enreda en un sintagma imposible. Deteriorar es sinónimo de empeorar. Como estabilizar lo es de mantener. Pero si los unes, te queda el regusto dulce de aquello de mamaíta que me quede como estoy, aunque esa permanencia sea un oscuro túnel ocupado por subidas de impuestos, desempleo, privatizaciones, subida de tasas, bajada de becas. No importa. De tanto nombrar las realidades, aunque sean una entelequia, y eso también es una paradoja, algo queda. Igual que cuando, de niños, inventábamos un lenguaje irreal para que nadie pudiera conocer nuestras intenciones. El problema era que nos pillaban.
L.R.CH.
domingo, 22 de abril de 2012
De sábados y goles
El sábado a las ocho de la tarde se paró el país. Bueno,ya, era sábado. Pero se notaba. En el supermercado, el personal llenaba los carros con cervezas (marca blanca) y alguna que otra botella de ron. Y patatas fritas y panchitos. No está la cosa como para ir al bar y tener que tomarse un par de copas para ver esas pantallas gigantes, sin saber, además, quién se te sentará al lado ni cómo te mirara si hay que celebrar un gol. Así que, a buscar una casa con posibles en la que los dueños todavía pudieran permitirse el lujo de pagar un canal. Y allí se fueron todos, los culés y los merengues. Estaba claro que a la mitad se les atragantaría la aceituna mientras a la otra mitad el sabor a anchoa se le convertiría en movimiento de cadera. Claro que también hubiera podido pasar que todo quedara en tablas. Seguramente primos, hermanos y amigos hubieran terminado hablando de fútbol y, de paso, poniéndose contentos cada cual con lo suyo. Pero no, ganaron aquellos que ya ni se acordaban de lo que era humillar al contrario y besar a la Cibeles. Y salieron a la calle, a celebrarlo, mientras los otros cerraban sus ventanas e intentaban dormir. El lunes será otra cosa: el que tenga trabajo, madrugará; el que no lo tenga y haya ganado, mirará el horizonte con una sonrisa; el que no lo tenga y esté todavía acordándose de aquella jugada que no pudo ser, se tapará la cabeza y soñará con un martes diferente al sábado en el que fue derrotado. Pero la única realidad será que todos, unos y otros, los vencedores y los vencidos, no tendrán más remedio que volver a una educación mermada, a una sanidad más cara, a unos cuantos Eres más, a alguna que otra subida del transporte público o del agua o la luz, a la tenaza de los mercados. Menos mal que, en la próxima manifestación, los que ganaron y los que perdieron habrán olvidado tanta tontería y gritarán. Y esta vez no será por machacar al rival blanco o azulgrana. Será porque no pueden más. Aunque los que han ganado virtualmente la liga pensarán que a nadie le amarga un dulce y que, aunque el futuro sea un negro embudo, Cristiano marcó un gol. A los otros, siempre les quedará Messi.
LUISA RUIZ CHACÓN
jueves, 19 de abril de 2012
Ojos.
Miraba hacia delante y solo veía rostros conocidos y desconocidos. Conocidos por la frecuencia en que veía esas caras a lo largo del día. Desconocidos porque realmente no sabía nada sobre ellos. La imposibilidad del idioma había hecho que tirara la toalla en la misión de profundizar con esas personas. Tan diferentes, tan distantes. Con otras vivencias. Ni mejores, ni peores. Otras. Por eso cuando la cadena del lenguaje se soltaba en un momento, de forma intermitente y unos a los otros se mostraban de forma natural, riendo, llorando, bromeando o interesándose acerca del próximo fin de semana, todo era aun más raro. Los gestos que había almacenado en su mente, y los que le había puesto su correspondiente identificación, se traspapelaban. Ya no servía conocer la risa de sus compañeros, porque era totalmente indescifrable. A lo largo de los últimos seis meses, y gracias a su capacidad para observar y retener todo lo que hacían las bocas, ojos y manos de las personas que lo rodeaban, había sido capaz, sin entender un tercio de las conversaciones que se producían a su alrededor, de reconocer cuándo estaban enfadados, contentos, sedientos o hartos. Incluso intuía el polvo de la noche anterior. Pero ese vaivén lo descolocaba. Volvía a sentirse como un niño pequeño. Como el imberbe que intenta introducirse en una conversación de mayores, y lo único que consigue son miradas de desaprobación. La conversación apenas lo rozaba, y se volvía vulnerable, ínfimo para los demás. Retomaba la comprensión de cuán importante era el lenguaje para los humanos, y volvía a ensimismarse en sus pensamientos. En el futuro, ya que el presente no le pertenecía. De repente, alguien reparó en él. Como el que ayuda al invidente a cruzar la calle, lo recondujo al rebano de ovejas, donde se estaba produciendo el reparto de felicidad. De repente estaba otra vez con todos, pero sabía que todo pendía de un hilo. Y que quizá, otro día, cuando menos lo espere, volverá a tener ese río sin puente que lo separaba del resto de humanos.
Y con esos ojos miraba Juan Carlos, desde la puerta de aquel lujoso hospital. Como la persona que desea volver a entrar en la conversación. Y volver a ser normal. Algo que quizá lo perdiera a cambio de un elefante.
Y con esos ojos miraba Juan Carlos, desde la puerta de aquel lujoso hospital. Como la persona que desea volver a entrar en la conversación. Y volver a ser normal. Algo que quizá lo perdiera a cambio de un elefante.
martes, 3 de abril de 2012
25
Tantísimas miradas. Caras, gestos, abrazos, saludos, enfados, besos, encuentros, olvidos, felicitaciones, borracheras, bailes, ilusiones, decepciones… Sería acudir al tópico imaginar todas las situaciones que 25 anos pueden ofrecer. El cuarto de siglo y todas esas cosas. Un número redondo por lo tanto. Si cumplir anos sirve para repasar lo ocurrido durante el anterior, hacerlo con uno con apariencia de punto y seguido, hace pensar en todo lo vivido durante ese primer cuarto de siglo. Repasar, comprobar, corregir o recordar simplemente. Lo cierto es que siempre se llega (a no ser que mueras, algo irremediable, y por lo tanto en lo que no se debe gastar demasiada energía). Y el hecho de llegar provoca que un simple paseo por una calle entre desconocidos en una ciudad que no me decía nada hace apenas 10 meses, cause pensamientos profundos. O con apariencia de esa profundidad al menos. Por eso, cuando hoy veía la cara de la misma mujer que me encuentro cada día desde hace 5 meses, en el mismo lugar de la calle, daba la impresión de tener otro significado. Como si descifrara sus pensamientos, o al menos los inventara: durante 5 meses he podido estar viendo la cara de una mujer que, digamos por ejemplo, piensa cada manana en lo desdichada que es por no poder clamar a los 4 vientos el enamoramiento juvenil que sufre/tiene hacia su companero de trabajo casado. Por lo tanto, de lo que he visto durante todos estos días, de estos 5 meses, que parece lo más vivo (no hay acción que denote más vida que moverse, andar en definitva), realmente es lo más muerto. Porque en su rutina encierra su verdadera causa por la que respirar.
Este ejemplo es válido para todas aquellas personas que no se abren ante nosotros. Es decir, el 99 por ciento. Hasta una pareja, una madre o un hijo, guarda algo para ellos. Lo pude comprobar en el revés más duro de mis 24 anos. La muerte de mi abuela, durante la cual, su última sonrisa daba la sensación de reirse sobre algo que nosotros nunca supimos. Ya sabemos que el arte es una forma de exponerse, y bien lo sabe quien haya leído alguna de las entradas de este blog. No es que considere mis escritos arte preciosista, digno de reconocimiento o algo especial, pero sí lo considero arte en el sentido de que expongo lo que pienso. O al menos lo que siento, algo mucho más íntimo. Pero todos seguimos teniendo secretos, y esos son inviolables.
Releyendo lo que he escrito, hay un hecho diferenciador. Mi amor por la mentira. Por las actuaciones que no sentimos realmente, pero nos hacen bien. Creo fervientemente que nos dan más de lo que nos quitan. Y aunque no recomiendo este método de vida, tampoco podría criticarlo, puesto que todos lo hemos seguido alguna vez. Aun así, vuelvo a donde empecé: es misterioso e inquietante imaginar que la persona con la que compartimos trabajo, salidas o colchón, no han llegado a mostrarnos su verdadera realidad. Según el actual gobierno, quizá habría que inclinarse por una amnistía de los recuerdos: aflorar todos nuestros pensamientos íntimos, comprobar la realidad, y perdonarnos entre todos y olvidarlos. Todo a un módico 7 por ciento de tributación: el dinero lo puede todo.
Pero no. Yo me quedo con lo que ocurre día a día. Con lo que quizá no sea la auténtica verdad, pero da felicidad. Con un abrazo real. Con lo que ocurre. No con los pensamientos internos. Es imposible controlar todos lo que pasa por la cabeza de los que nos rodean. Tan difícil como quedarme con un momento de estos 25 anos de vida (en realidad 24). Pero sin duda, tal y como los recibí, estuvo marcado por la presencia de personas que me hacen feliz. Y qué más se puede pedir.
Este ejemplo es válido para todas aquellas personas que no se abren ante nosotros. Es decir, el 99 por ciento. Hasta una pareja, una madre o un hijo, guarda algo para ellos. Lo pude comprobar en el revés más duro de mis 24 anos. La muerte de mi abuela, durante la cual, su última sonrisa daba la sensación de reirse sobre algo que nosotros nunca supimos. Ya sabemos que el arte es una forma de exponerse, y bien lo sabe quien haya leído alguna de las entradas de este blog. No es que considere mis escritos arte preciosista, digno de reconocimiento o algo especial, pero sí lo considero arte en el sentido de que expongo lo que pienso. O al menos lo que siento, algo mucho más íntimo. Pero todos seguimos teniendo secretos, y esos son inviolables.
Releyendo lo que he escrito, hay un hecho diferenciador. Mi amor por la mentira. Por las actuaciones que no sentimos realmente, pero nos hacen bien. Creo fervientemente que nos dan más de lo que nos quitan. Y aunque no recomiendo este método de vida, tampoco podría criticarlo, puesto que todos lo hemos seguido alguna vez. Aun así, vuelvo a donde empecé: es misterioso e inquietante imaginar que la persona con la que compartimos trabajo, salidas o colchón, no han llegado a mostrarnos su verdadera realidad. Según el actual gobierno, quizá habría que inclinarse por una amnistía de los recuerdos: aflorar todos nuestros pensamientos íntimos, comprobar la realidad, y perdonarnos entre todos y olvidarlos. Todo a un módico 7 por ciento de tributación: el dinero lo puede todo.
Pero no. Yo me quedo con lo que ocurre día a día. Con lo que quizá no sea la auténtica verdad, pero da felicidad. Con un abrazo real. Con lo que ocurre. No con los pensamientos internos. Es imposible controlar todos lo que pasa por la cabeza de los que nos rodean. Tan difícil como quedarme con un momento de estos 25 anos de vida (en realidad 24). Pero sin duda, tal y como los recibí, estuvo marcado por la presencia de personas que me hacen feliz. Y qué más se puede pedir.
viernes, 17 de febrero de 2012
Deficit de verdad
A poco que absorbas lo que ves, lees o escuchas, la cantidad de información que se recibe al cabo del día es desbordante. Noticias políticas, sociales, deportivas, económicas. Catástrofes, bodas, victorias, muertes, inventos. Nada queda en el tintero, todo se cuenta, o se intenta contra. La llamada a un móvil comienza con un “A qué no sabes quién me he encontrado hoy?” o “me he enterado de que…” Recibimos continuamente titulares, sin análisis, sin pararse a reflexionar acerca de un hecho. Buscamos el hecho.
Y ese atajo del camino, nos lleva a reclamar cada vez con más energía e impaciencia, el camino más corto. No queremos rodeos. Queremos que la crisis económica se acabe en 3 días, que haya un cambio de ciclo en el deporte rey tras 2 partidos, que la república se instaure de un lunes a un martes, o que nos casemos tras 2 meses escasos de noviazgo. Queremos follar antes de conocer, o cobrar el sueldo antes de trabajarlo. Un stress, que como todo lo que ocurre en una sociedad capitalista, se maquilla con opciones que parecen aflojar ese agotamiento: esa entrevista del empresario más rico del mundo en la que asegura que le gusta pasear por el campo antes de empezar la jornada, estados en el facebook sobre el masaje que recibió un amigo el día pasado o aseveraciones de cientos de personas en las que se indica que se prefiere la tranquilidad al murmullo o los documentales de la 2 a una mesa llena de gritos. Todo esto me lleva a pensar, sin ninguna pretension de convencer, acerca de mi querido, criticado y defendido concepto de la mentira.
En estos días, hemos recibido la noticia de que el Gobierno de Espana entrante, habría maquillado el deficit ante la Unión Europea, para que le fuera más fácil conseguir el objetivo que le marcan desde Bruselas. Algo, que ha sido mínimamente censurado por parte del ejecutivo, lo que hace pensar que quizá, al menos, está contrastado. La mentira de nuevo entra en escena, y esta vez en los estamentos de decision más importantes que conocemos, al menos,en el Viejo continente. Lo primero que se me viene a la mente, y por lo tanto, lo más obvio, es el sincero agradecimiento a los gestores más importantes del país, por confiar que nosotros no mintiremos en nuestros trabajos (salir 10 minutos antes, maquillar objetivos, dejar asuntos a medio hacer) aunque los veamos a ellos mentir. Un agradecimiento irónico claro, todos mentimos.
Pero como lo más obvio no tiene porqué escribirse, y además no me gusta escribir sobre política y gestiones (prefiero hacerlo con una copa o en un bar: se es más acalorado y muchas veces más certero), quiero hacer una nueva defensa de la mentira. Esa que nos acompana a todos, que no nos decepciona nunca si la utilizamos bien, y que ofrece resultados mucho más que satisfactorios. En este caso era algo tan oficiosamente importante como el deficit público, pero otras veces son resultados más tangibles, directos, primarios y sin atajos (lo que la sociedad quiere): se me viene a la mente follar, más dinero, reconocimiento de los demás, conseguir un trabajo… Y muchas cosas más. En algunos casos, la vida es una propia mentira, e incluso es totalmente exitosa. Casos hay muchos y no estoy aquí para contarlos. Pero me sorprende la antipatía con la que se mira a una herramienta que tanto nos ofrece. Yo me dejo llevar por ella, muchas veces te conduce a lugares inesperados, sensaciones placenteras y aventuras incontables. Otras, cuando te la descubren, te ponen el contador a cero.
Y además, siempre te quedará la verdad.
Y ese atajo del camino, nos lleva a reclamar cada vez con más energía e impaciencia, el camino más corto. No queremos rodeos. Queremos que la crisis económica se acabe en 3 días, que haya un cambio de ciclo en el deporte rey tras 2 partidos, que la república se instaure de un lunes a un martes, o que nos casemos tras 2 meses escasos de noviazgo. Queremos follar antes de conocer, o cobrar el sueldo antes de trabajarlo. Un stress, que como todo lo que ocurre en una sociedad capitalista, se maquilla con opciones que parecen aflojar ese agotamiento: esa entrevista del empresario más rico del mundo en la que asegura que le gusta pasear por el campo antes de empezar la jornada, estados en el facebook sobre el masaje que recibió un amigo el día pasado o aseveraciones de cientos de personas en las que se indica que se prefiere la tranquilidad al murmullo o los documentales de la 2 a una mesa llena de gritos. Todo esto me lleva a pensar, sin ninguna pretension de convencer, acerca de mi querido, criticado y defendido concepto de la mentira.
En estos días, hemos recibido la noticia de que el Gobierno de Espana entrante, habría maquillado el deficit ante la Unión Europea, para que le fuera más fácil conseguir el objetivo que le marcan desde Bruselas. Algo, que ha sido mínimamente censurado por parte del ejecutivo, lo que hace pensar que quizá, al menos, está contrastado. La mentira de nuevo entra en escena, y esta vez en los estamentos de decision más importantes que conocemos, al menos,en el Viejo continente. Lo primero que se me viene a la mente, y por lo tanto, lo más obvio, es el sincero agradecimiento a los gestores más importantes del país, por confiar que nosotros no mintiremos en nuestros trabajos (salir 10 minutos antes, maquillar objetivos, dejar asuntos a medio hacer) aunque los veamos a ellos mentir. Un agradecimiento irónico claro, todos mentimos.
Pero como lo más obvio no tiene porqué escribirse, y además no me gusta escribir sobre política y gestiones (prefiero hacerlo con una copa o en un bar: se es más acalorado y muchas veces más certero), quiero hacer una nueva defensa de la mentira. Esa que nos acompana a todos, que no nos decepciona nunca si la utilizamos bien, y que ofrece resultados mucho más que satisfactorios. En este caso era algo tan oficiosamente importante como el deficit público, pero otras veces son resultados más tangibles, directos, primarios y sin atajos (lo que la sociedad quiere): se me viene a la mente follar, más dinero, reconocimiento de los demás, conseguir un trabajo… Y muchas cosas más. En algunos casos, la vida es una propia mentira, e incluso es totalmente exitosa. Casos hay muchos y no estoy aquí para contarlos. Pero me sorprende la antipatía con la que se mira a una herramienta que tanto nos ofrece. Yo me dejo llevar por ella, muchas veces te conduce a lugares inesperados, sensaciones placenteras y aventuras incontables. Otras, cuando te la descubren, te ponen el contador a cero.
Y además, siempre te quedará la verdad.
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