viernes, 1 de junio de 2012

Fin de semana

Hoy no quiero hablar de política ni de economía ni de teología, ni de ninguna de esas cosas que hacen que las personas sientan como su cabeza y su corazón se aceleran y, además, sin ninguna compensación.. No quiero hablar otra vez de aquello que mascamos en el café, en el cigarro casi clandestino a la intemperie, en los tiempos muertos de los ascensores o de los trabajos, en el varguitas noctámbulo cuando se ha ido el calor. No me apetece. Empieza el fin de semana y me gustaría escribir del verano, del salmorejo, de los planes de unas vacaciones que vendrán o no vendrán. Del amor o del desamor cuando se dan la mano. Del cansancio cuando llega la noche y uno se pregunta si al día siguiente le tocarán esos millones que parecen que están suspendidos sobre nuestras cabezas, esperando señalarnos, como varita mágica, para no oír nunca más el maldito despertador o no tenerlo, así, del tirón. No necesitarlo.
Y seguir conversando sobre la vida, pero sobre aquella que se parece a los anuncios de cerveza: gente bailando, gente gritando, abrazándose, besándose, gente con ropa de colores chillones, con sus niños y sus viejos cogidos de las manos. Todo en fondo rojo porque empieza el mes en el que España se dejará invadir de colorado, en los balcones, en las salas de estar, en las aceras, en los sueños del no hay dos sin tres, casi olvidando que no puede haber tres sin dos, porque los hubo.
Y qué bonito: parados, pensionistas, deshauciados, indignados, jóvenes sin futuro... qué bello: todos danzando como si nos hubiéramos despertado de un mal sueño y otra vez fuéramos felices y los bancos nos oyeran y los gobernantes continuaran contándonos cuentos con final feliz. Érase una vez un país en el que casi todos mandaban un currículo  y se les leía y hasta se les citaba para un trabajo, en el que casi todos pedían unas monedas para vivir bajo techo y se les permitía vender su alma por treinta años, en el que las agencias de viaje creían que casi todo el mundo podía permitirse hacer un crucero o pasar una semana con la pulserita en un "paraje ideal". En el que casi todos pensaban que  la gallina de los huevos de oro la habíamos alimentado para que fuera inmortal y no una gallinita con pies de plomo.
Ahora sabemos, porque somos muy listos, aunque hayamos caído en la trampa de creer en los cuentos de hadas, que seguramente nos tendremos que conformar con pasar los fines de semana abanico en mano y botijo en la garganta. Sabemos, porque no somos tontos, que cada vez hay menos gente en la cola de los supermercados y en las carreteras y hasta en las tiendas de todo a un euro, pero... ¡qué alegría de sábados y domingos!, con sus espacios en blanco, con su indolencia entre las sábanas, con el griterío de los niños que no van a la escuela. Con la buena noticia de que la Banca no abre, ni hay Consejo de Ministros, ni Bruselas chilla, ni Bankia pide más millones. Ni siquiera juegan, este fin de semana de mayo - junio, el Madrid ni el Barça.

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