La estantería está llena de polvo y hay que limpiarla. No hay ganas. Pero, bueno, son cosas que hay que hacer. Se pasa el trapo. Las sonrisas reaparecen tras ese opaco paño semanal que, inexplicablemente, invade los espacios. Y, mira, ahí está. En esta, tenía un año y ya apuntaba maneras. Intentas recordar ese pantalón que quizás compraste entre el miedo y la ilusión. Y su manita cogida de la tuya. Pero no hay manera. El ensueño se resbala por el tobogán de los minutos pasados y no te deja aprehenderlo. Qué cosas. Intentas hacer la multiplicación de días, meses y años, partida por esas líneas divisorias que protegen una vida, la tuya. Pero te mareas. No hay manera de recordar lo que se vive. Cuando se está ahí, no se pone uno a pensar que años más tarde tendrá que limpiar el polvo, entre lágrimas, deteniendo tus dedos en una foto amarillenta.
Es noviembre. Casi final de noviembre. Y miras los muros de la casa tuya, si un tiempo fuertes, ya desmoronados. Observas cada rincón amancillado y no hallas cosa donde poner los ojos.
Este año no sonará el timbre y abrirás la puerta y entrará la vida.
Dicen las malas lenguas (aquellas que se empeñan en decir que nos inventamos que España se recupera, que hemos salido -casi- de la crisis, que tenemos un señor gobernándonos que es todo un héroe, que este héroe ha evitado que todo hubiera sido peor, que, pobrecito, qué él qué hace si la gente quiere irse a emprender por esos mundos de dios) que nuestro país perderá dos millones y medio de habitantes en el 2017. Y esta cifra sale de una media entre los que se van y los que no nacerán.
Es decir, entre los que son un fotograma en una repisa repleta de polvo que limpiará una madre en un futuro, mientras ayuda a hacer la maleta y se pregunta por qué estas navidades no tendrá la ilusión de poner la mesa, y aquellos que ni siquiera llegarán a serlo.
No sé qué es peor.
Yo, mientras, limpio. Lloro y limpio. Veo los muros de mi patria desmoronados. Y los de mi casa, también.
Y me juro a mi misma no ver anuncios en la tele este mes que entra.
sábado, 23 de noviembre de 2013
viernes, 27 de septiembre de 2013
Mitad
Esto de la vida es algo que, por mucho que nos empeñemos, no tiene traductor. Ya nos gustaría: escribir un pensamiento en el google y que, en el segundo siguiente, se nos llenara la pantalla con soluciones, inferencias, caminos que seguir y algún que otro anuncio de desodorantes o viajes paradisíacos.
Claro que cuando necesitamos esa ayuda, solemos estar en la mitad. Nunca es cuando nacemos. Bastante tenemos con acostumbrarnos a ese mundo al que hemos abierto los ojos. Y con comer, dormir, no tener dolores en el estómago, asir un juguete o contemplar una sonrisa sin saber que lo es. tenemos bastante. Cuando vamos a morir, ya esas cosas no nos importan. Es más, casi nos preguntamos cómo fue que alguna vez eso de ingerir alimentos, cerrar los ojos y no soñar o intentar hacerse un hueco entre líneas que se convirtieron en bocetos y luego en dibujos y luego en una realidad tridimensional, fue algo tan importante que al final se echa de menos mientras te mueres.
No. es en la mitad cuando no tienes respuestas.
Y fastidia, la verdad. Por eso se debieron de inventar palabras como niñez, adolescencia, juventud, madurez o vejez. Para que supiéramos siempre que eso que llamamos vida no es más que una especie de tela de araña que no lleva a ningún sitio.Y que no se elige.
Se eligen las mitades.
Aunque quizás tampoco.
Casi nunca podemos recordar el día en que decidimos seguir un rumbo o cambiarlo o hacer como si no hubiera existido nunca. O luchar o no hacerlo. O quedarnos a medias. O dejar que el destino nos llevara. O hacer del destino, suerte. O de la suerte, destino. O enviar unas flores o seguir llorando sobre la almohada. O cruzar una calle o esperar a que el semáforo se pusiera en verde.
Pues eso, que lo de la mitad de la vida no tiene traductor. O te la tragas o la vomitas.
viernes, 2 de agosto de 2013
El ser humano no es lo que parece
El campo semántico de la palabra "humano" está lleno de términos evocadores y casi cursis: inteligencia, sentimiento, capacidad, arte, amistad, amor... Pero, claro, los campos semánticos se fabrican a base trocitos de significado y, aunque no quieran, se llenan de aquello que los hace únicos, los diferencian de otros y los engloban. Un ser humano se define por esas cualidades tan de cuento de hadas, pero también por otras, cercanas a lo que consideramos inhumano: olvido, crueldad, egoísmo, avaricia, venganza.
¿Y cuál es la realidad? Lo que yo creo es que cada uno de los atributos, los considerados como nuestros y los que pensamos como ajenos o inhumanos, nos conforman y sustentan. Es más, que es la mezcla de ambos lo que hace que seamos personas, en cualquier lugar del mundo, en cualquier época de lo que llamamos historia.
Por eso, es tan humano haber contestado a una llamada mientras conducíamos un tren, que sucumbir a coger un dinero que no nos habíamos ganado. En los dos casos, estábamos poniendo en juego lo mejor y lo peor de nuestra racional condición. Pudimos, en el primer caso, no caer en la monotonía de lo previsible y los 79 muertos estarían vivos; en el segundo, no tener que aguantar, después de haber conseguido gobernar, que nos pidieran que nos fuéramos.
Pero, en las dos tesituras, tuvo que haber un matiz que nos alejara de aquello que se supone nos humaniza. y nos acercara a lo que consideramos no humano Quizás, nuestra ancestral condición al instinto. Al fin y al cabo, la prehistoria abarca muchos más años que la historia y nuestros genes nadaban por ahí. O tal vez, nuestra misma racionalidad nació de una especie de prepotencia el día en que fuimos más listos que nuestros congéneres porque nos los comimos y disfrutamos.
No lo sé. La verdad.
Lo que sí creo comprender, en estos últimos días de julio y primeros de agosto (esos que andan siempre entre si ir o venir) es que ni aquel que se distrajo un segundo ni ese señor que ahora nos gobierna después de, quizás, haberse dejado comprar, dejan de ser humanos.
Lo que pasa es que el ser humano no es lo que parece. Ni lo que llamamos humanidad tiene nada que ver con el sentimiento para con el otro. En ciertos casos.
No lo sé. La verdad.
Lo que sí creo comprender, en estos últimos días de julio y primeros de agosto (esos que andan siempre entre si ir o venir) es que ni aquel que se distrajo un segundo ni ese señor que ahora nos gobierna después de, quizás, haberse dejado comprar, dejan de ser humanos.
Lo que pasa es que el ser humano no es lo que parece. Ni lo que llamamos humanidad tiene nada que ver con el sentimiento para con el otro. En ciertos casos.
sábado, 20 de julio de 2013
La falsa moneda
De vez en cuando me da por pensar. Vamos, pensar, pensar, lo hago siempre. En realidad, como soy humana, nunca puedo dejar de hacerlo. Aunque quisiera. Pero a veces mi mente se ejercita en intentar sacar conclusiones, inferencias y esas cosas que van más allá de la rutina reflexiva diaria. Y hoy ha sido uno de esos días.
Si de los papeles de Bárcenas se desprende que los señores del PP recibieron dinero para sus campañas y otras ocupaciones de otros señores que después se enriquecieron con contratos de la Administración, está claro que la democracia española es como la falsa moneda. En realidad, es una trampa en la que hemos caído. Desde el mismo momento en el que respiramos al tener claro que no habría una segunda guerra civil ,gracias a haber dejado que la tiranía muriera tranquila en una cama de hospital. Nos lo creímos y tan contentos.
Pero, ¡ay!, caímos en la celada. En realidad, en estos casi cincuenta años nos han dejado que creyéramos que la democracia era verdadera, que votábamos y elegíamos, que decidíamos quién estaría al frente, a veces en el último minuto, después de bombardearnos con el ardid de los debates, los programas electorales, los mitines programados, las encuestas telefónicas y a pie de urna, la incertidumbre de no saber que pasaría en esas noches viendo la tele u oyendo la radio mientras radiografiaban nuestro sueño en gráficos que se acrecentaban o menguaban.
Y al final, después de lo que vamos conociendo, todo eso era la falsa moneda.
Porque antes de esa mañana de domingo en la que dejábamos de hacer otras cosas para hacer hueco y dirigirnos a nuestro colegio electoral, con nuestro dni en el bolsillo, quizás de morros con nuestros padres, nuestra pareja o nuestros hijos, por no estar de acuerdo en qué maldita papeleta meter en la urna; ya se había pagado nuestro voto.
Pensar que detrás de ese mito del gobierno del pueblo, solo se esconde una especie de inversión de ciertas empresas en su futuro, pues, eso, da miedo y rabia. E impotencia.
La democracia es una falsa moneda en la que algunos ilusos, yo incluida, creemos.
viernes, 5 de julio de 2013
Egipto en julio
Reconozco que estos últimos días he intentado pasar. No he visto los telediarios. No he oído la radio. No he leído la prensa. Mis dedos, en el google, se han vuelto perezosos y solo se han permitido salir de la indolencia para buscar una receta de cocina con calabacín o un curso interesante, barato y algo frívolo sobre cómo llegar a narrar una historia, en siete pasos, y que sea un éxito. También he sido espectadora de la final de Masterchef.. Y en los escasos minutos en que me invadía la culpa, he navegado en busca de una oferta de trabajo que no fuera sin remuneración, para que mi hijo dejara de tener que volver a hacer la maleta y tener que comprar un billete a tierras lejanas. Así que, lo reconozco, he pasado de la crisis, de la corrupción, de la prima de riesgo y hasta de la ley Wert, con lo mucho que esta última me pone de los nervios.
Pero... esta mañana... cometí el error imperdonable de cambiar el dial mientras me esmeraba en sacar lo mejor de sí a un tomate que se resistía a un baño de aceite y albahaca. Y entonces... fue el final del verano. Escuché. Dejé el cuchillo sobre la tabla. Volví a escuchar. El presidente ni está detenido ni no lo está. Lo que ha pasado ni es un golpe de estado ni no lo es. El ejército ni se impone al pueblo ni no se impone. El pueblo ni reniega de lo que votó hace un año ni no lo hace.
Claro, ante tanta ambivalencia, una no puede inhibirse. Conseguí enterarme de que estaban hablando de Egipto y respiré. Por un momento había creído que se trataba de nuestro país y me dio una especie de palpitación creciente que hizo daño al pobre tomate. Pero no. No se había descubierto aún que España es el país en el que el señor que nos gobierna ni está ni no está; en el que lo que se votó hace más de un año ni es un movimiento retrógrado ni no lo es; en el que los datos de desempleo y deshaucios que nos ahogan ni son buenos ni malos sino todo lo contrario. Estaban hablando de Egipto.
Me tranquilicé y conseguí laminar un ajo. Pero luego no tuve más remedio que olvidarme de decidir entre el vinagre de jerez y el de módena. Porque. la verdad, me hizo pensar eso de escuchar a tanta gente como yo, con su verano añorado, relatando cómo está muy bien que se puedan quitar presidentes elegidos por medio, otra vez, de la virtualidad de las armas. Cómo está todo justificado, en aras de intentar alejarse de otro mal mayor, ese que parecen haber vislumbrado ahora porque no se habían dado cuenta de que lo único que pretendía era hacer valer una ideología.
Y transpuse. Estoy un poco liada.
Esto de la política - da igual el país, la religión y la raza; el sexo, no, porque todavía no hemos podido las mujeres demostrarlo - parece ser siempre igual. Los egipcios, sin embargo, han demostrado que donde ponen reyes, los quitan. Solo han estado unos días acampados y pidiendo una dimisión. Y no la han conseguido pero sí han logrado quitarse del medio al que no querían, Los europeos, con lo que nos está cayendo, tomamos las calles llamando mentirosos a nuestros dirigentes, implorando que se vayan aunque les hayamos votado, protestando contra sus leyes arbitraria... y solo hemos conseguido declaraciones sin preguntas, promesas estériles y alguna que otra bronca por haber sido tan manirrotos.
Mientras emplataba la ensalada, casi envidié al pueblo egipcio, pero luego - esto ya sin escuchar- pensé que si occidente, con EEUU a la cabeza, decía que esto no es un golpe de estado, es que Egipto debe esconder entre sus pirámides el chocolate del loro.
Y después de tanto cinismo, tiré la radio por la ventana y conseguí presentar un primer plato decente.
Quizás solo me queda eso.
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