viernes, 17 de mayo de 2013

La lentitud

Últimamente tengo la sensación de que el mundo se ha detenido. Ya sé que parece una incoherencia por mi parte, después de haber escrito hace poco sobre ese minuto que cambia la vida. No lo es tanto. La lentitud tiene su razón de ser en la espera de que ocurra algo en un instante concreto; por eso la sentimos como tal y nos exasperamos con ella. Porque nos introduce en un universo de monotonía del que no se puede escapar.
Así veo yo ahora todo lo que me rodea, incluido el país en el que vivimos. Lento. Rutinario. No hay noticia que nos salve de esto.Miento. Parece que los titulares se hubieran confabulado para hacerlo. Un día son los deshaucios, otro el número hiperbólico de parados, un tercero un nuevo corrupto imputado (o no) y un cuarto, el triunfo del catolicismo, una vez más, sobre la ciencia y la cultura. Pero me quedo fría ante ellos. Sé que mañana, cuando me levante, volveré a oír lo mismo y que nada se habrá alterado. Ni siquiera un milímetro.
Seguiremos esperando a que esta primavera fría y lluviosa traiga el sol. A que no nos caiga la losa de un despido, después de haber prestado nuestra piel a aquellos que solo tienen que demostrar que no van a ser tan ricos el próximo año, para recibir un adiós seco y estéril; a que las cuatro paredes que nos protegen de nosotros mismos no queden vacías; a que nuestros hijos no deban recibir, por imposición de una mayoría absoluta, una educación anacrónica y triste, como la que recibieron nuestros padres (el que pudo).
Pero no pasará nada. La lentitud ha echado raíces en esta España y en esta Europa. Y lo peor de todo es que nosotros la estamos regando.

sábado, 4 de mayo de 2013

Lenguaje y escarches

Que detrás de cada político o política hay un periodista o todo un gabinete de comunicación ejerciendo de negro, lo sabemos desde hace mucho tiempo. Que unos lo hacen con más acierto que otros, también. Ya saben, la leyenda urbana, veraz o no, de que todo el que tiene un cargo o una ventana al mundo dentro del PP, desayuna cada día con las instrucciones verbales que se preparan en las cocinas de aquellos que sí dominan el lenguaje. Los de Izquierda Unida tienen consignas. Y los de PSOE ni se sabe, aunque el que tuvo, retuvo.
Pero a mí me maravilla últimamente la capacidad de ese poder a la sombra. En realidad, lo admiro. Domina la norma y los registros; adereza esa capacidad lingüística con un poco de sabiduría sociológica y un tanto de antropología de andar por casa. Y le sale el guiso. No necesita ni una pizca de sal más de la que tenga el replicante de turno, si es que está dotado o dotada de otras virtudes que no sean las de aprenderse el guión y transmitirlo. Cuando ocurre esto, caso de aquellos que casi caminan y hablan por sí solos, estamos ya ante un triunfo de estrella michelín. 
Y leo, y oigo, y veo a este nuevo poder. Tergiversa los significados hasta hacerlos sombra de lo que fueron. Inventa campos semánticos imposibles. No tiene ningún pudor en fabricar metáforas, metonimias e hipérboles aquí y allá convirtiendo la desviación del lenguaje en una verdad universal. Como si lo que Jakokson hubiera estado elucubrando a principios del siglo XX fuera agua de borrajas. Pobre Roman. Si hubiera sabido que la estética de un idioma serviría para doblegar voluntades, no se hubiera puesto.
Y toda esta parrafada para protestar por las analogías. No se puede, o no se debería poder, comparar, por medio de nuestro idioma (aunque la secuencia de fonemas lo permita) un acto tan sencillo como es el de ponerse ante la casa del que te está haciendo imposible la vida, con actos y obras de los que se dedicaron a legitimar que hay seres humanos inferiores a los que hay que exterminar. Entre otras cosas porque para idear una analogía que se precie, la razón debe hacer algo. Y en este caso, no lo hace. Ni siquiera pasaba por ahí.
Pero no importa. 
Por eso, el día en que esto cambie y no necesitemos que nos digan más a dónde ir o de dónde venir, lo primero que tendremos que hacer es buscar a un periodista o a un  poeta que vuelva a nombrar las cosas por su nombre o que, si le da por simbolizar el mundo, lo haga poniendo su firma. 

jueves, 2 de mayo de 2013

Mundo detenido

Me he dado cuenta esta semana de que estaba equivocada. Siempre pensé que el lenguaje verbal era lo que nos hacía humanos. No solo por que fuera mi mundo. Lo creía de verdad. Somos humanos porque hablamos, hablamos porque pensamos y quizás, pensamos porque sentimos más allá de lo primario. Pero, no, mi universo es falso. En realidad, somos cifras. Solo eso.
Cuando nacemos ya nos reducen a un número. En centímetros, en gramos. Vemos la luz y no nos nombran. Solo somos un varón o una hembra que midió tanto y pesó cuanto. Tenemos que esperar un tiempo a que aquellos que nos engendran se pongan de acuerdo en llamarnos, o a que nos miren a los ojos y se reconforten con el conjunto de letras que imaginaron nos designaría, para ser únicos o casi, entre nuestros congéneres. Mientras tanto, anónimos, nos presentamos ante la sociedad con unas simples medidas.
Y crecemos, ya con nombre. Pero aún así nos siguen reduciendo a números. La edad, las notas del colegio, los amigos y seguidores en las redes sociales, la talla de la ropa, el año de graduación o aquel en el que dejamos el colegio, el móvil que siempre llevamos encima, las veces que hemos llorado o reído. Y ahora, la cifra de aquellos expulsados de la rutina de una vida laboral. De aquellos que tienen su mundo detenido.
Son seis millones doscientos dos mil setecientos. Parece ser que exactamente esos. Ni uno más ni uno menos. Un guarismo de siete componentes. Entero. Rotundo. Sin nombres detrás. Y sin embargo, un porcentaje que nos humaniza más que un grito, más que una carcajada. Nos diferencia del resto de seres vivientes. Y nos distancia de ellos.
Más de seis millones de mundos detenidos.Sin posibilidad de avanzar. Ni de ser otra cosa que una cifra. Sin esperanza de que sus compañeros de manada los socorran. Condenados a no hacer nada, salvo esperar.

viernes, 26 de abril de 2013

Estar hecho

En estas dos semanas he tenido que releer, por imposición laboral, dos obras. Una, el Lazarillo, es bastante popular. Hasta en los anuncios. Todo el mundo - incluso aquellos que no tienen ni idea de que la anécdota del ciego no es tal anécdota sino una serie de palabras escritas hace cinco siglos por alguien que vio, pensó y transmitió lo que veía- conoce la estampa del niño que tiene hambre e intenta comer mientras un señor se lo impide mediante lecciones conductistas, tipo de las de si haces esto, te pasará lo otro.
El otro, Luces de Bohemia, no es ni conocido ni sale en televisión. Lo escribió un señor un tanto extraño que  vivió en Méjico, estuvo en la cárcel, eligió una estrafalaria manera de mostrarse a los demás y donó a aquellos que nacimos después, una forma de ver lo que nos rodea unida a un adjetivo universal: esperpéntica. Y que significó el apelativo: dícese de aquello que, pasado por un reflejo especial, te devuelve lo que eres en realidad: un ente grotesco.  Aunque no lo sepas.
Entre las dos lecturas se han vivido cuatro siglos. Cuatrocientos años. No soy capaz de contar cuántos meses. días, horas y minutos. Del autor de uno, no tenemos ni idea. Del otro, sabemos que malvivió, sin predecir que pasaría a los libros de texto (¿Y eso?, diría)
Pero los dos anticiparon. O quizá no tanto. El hambre debió existir desde que somos. La apariencia en un espejo cóncavo casi también. Aunque acaso para esta vuelta de tuerca haya hecho falta avanzar en la física y en la óptica.Al fin y al cabo, alguna evolución en cuatrocientos años ha existido.
Después de leer estas dos obras, en esta semana el mundo se me ha puesto del revés. Con una muerte. Ya sé que hay muchas cada segundo. Pero la diferencia está en que mientras yo releía por imperativo curricular, un chaval de ojos azules que había pasado por mi lado sin hacer ruido, acaso un poquito, solo lo justo para saber quién fue y dónde lo pusimos, se ha ido. Y leyó el Lazarillo. No Luces de Bohemia, porque no le dio tiempo. Quizás había pensado en que el curso que viene tendría que hacerlo mientras que yo le apretaba las tuercas con esas vueltas que hacen los profesores de segundo de bachillerato. Nunca podré saberlo.
Conoció a Lázaro pero nunca leerá las palabras de Max Estrella. Ni de Don Latino.
Supo de las palabras sin padre conocido y no de las de Don Ramón.
Tampoco sabrá si la Facultad que hubiera elegido le traería la tranquilidad de no tener que mirar a su espalda nunca más. La de ser él mismo.
La de pensar que su estancia en estas cuatro paredes fueron el principio de una vida nueva.
Pero seguramente, de lo que estaba cierto era de que este siglo que le había tocado vivir no le iba a dar ninguna oportunidad en un país que se nos desmorona. Que estaba más cerca de ser un Lázaro sin honra con estómago lleno o de un Max traicionado,  que de  convertirse en el españolito que no ha de guardarse de ninguna de las dos españas que, por fin, no le helaría el corazón.
O quizás no pensara nada de esto.

domingo, 7 de abril de 2013

Lo nuestro es pasar



Leo que ya no estamos contentos con nuestro jefe de estado. Lo dicen las estadísticas. Podían haber sido un poco más listos. El silencio de nuestros adolescentes cuando se habla de la monarquía lo venía anticipando desde hace años. Llevan mucho tiempo sin saber quién es ese señor que les felicita la Navidad todos los diciembres. Tampoco saben de dónde ha salido ni a dónde va, salvo que los programas del corazón digan algo sobre su desliz cazando elefantes o sobre que sea abuelo, sus hijas se divorcien o su nuera luzca un nuevo modelito. Que no tienen ni idea. Como tampoco saben, ni les importa (no sale en el facebook, ni en el twitter ni en el whatsapp) qué diferencia hay entre tener un monarca como jefe virtual o un presidente de República. ¿Pero es que eso existe, se preguntan, mientras intentan recordar quién les gobierna?
La cosa está así. Los de treinta nacieron en un época en la que sus padres todavía recordaban que antes había otra cosa y que tuvieron que luchar por hablar más de la cuenta. Los de cuarenta eran adolescentes mientras mamaban un especie de éxtasis de libertad nunca soñado por aquellos que habían pensado que mejor lo malo conocido que lo bueno por conocer. Los de cincuenta, bastante tenían con vivir el sueño deseado de aquellos que habían vivido bajo el yugo. Pero los de veinte y los de diez... esos vieron su luz en un país que había olvidado.
Bendito olvido. 
Por eso, ahora, con una crisis que nos inunda, que va llegando poco a poco al quicio de la puerta, que se olvida de lo que habíamos conseguido durante cuarenta años, que no sabe de guerras trasnochadas ni otras milongas, que ha tenido el único beneficio de saber que el pasado es eso, pasado, es lógico constatar que a las nuevas generaciones, las que están dentro y las que han tenido que irse, les importe un comino un señor que fue algo en su tiempo ( ¿y qué hizo, de dónde viene, a dónde va?) y que, encima, no se puede elegir. Como se elige todo. Vas a un supermercado y lo único que te impide la opción es el precio. Quieres comprar un móvil y te mareas entre operadores ávidos de poseerte y lo que te hace elegir es la prestación que te permita comunicarte de forma más rápida y con más aplicaciones. 
Y este señor, ¿qué ofrece? Un pasado en el que prefirió no ponerse bajo el mando de los que habían decidido volver a las trincheras. Luego, se ha pasado casi cincuenta años viviendo de las rentas.
Vivir de eso es difícil pero no imposible.
Nuestros niños lo saben. Pero, para ese viaje, mejor uno que no nos felicite las pascuas pero que podamos saber quién es y de qué pie cojea. Y que, si se va a cazar elefantes como si nada, le digamos: "hasta aquí has llegado y el marfil no es santo de nuestra devoción, ni tu mirada a otro lado mientras tus vástagos esquían, compran inmuebles imposibles o se convierten en portada del papel cuché o de los diarios informativos, depende de que los jueces se lo tomen en serio"
Todo pasa y todo queda, pero lo nuestro es pasar. Hasta don Antonio Machado le hubiera aconsejado, como hizo a su bisabuelo: mejor, un barquito y a vivir de las rentas. Que los Reyes siempre tienen un lugar donde vivir. Y sin deshaucios.