Últimamente tengo la sensación de que el mundo se ha detenido. Ya sé que parece una incoherencia por mi parte, después de haber escrito hace poco sobre ese minuto que cambia la vida. No lo es tanto. La lentitud tiene su razón de ser en la espera de que ocurra algo en un instante concreto; por eso la sentimos como tal y nos exasperamos con ella. Porque nos introduce en un universo de monotonía del que no se puede escapar.
Así veo yo ahora todo lo que me rodea, incluido el país en el que vivimos. Lento. Rutinario. No hay noticia que nos salve de esto.Miento. Parece que los titulares se hubieran confabulado para hacerlo. Un día son los deshaucios, otro el número hiperbólico de parados, un tercero un nuevo corrupto imputado (o no) y un cuarto, el triunfo del catolicismo, una vez más, sobre la ciencia y la cultura. Pero me quedo fría ante ellos. Sé que mañana, cuando me levante, volveré a oír lo mismo y que nada se habrá alterado. Ni siquiera un milímetro.
Seguiremos esperando a que esta primavera fría y lluviosa traiga el sol. A que no nos caiga la losa de un despido, después de haber prestado nuestra piel a aquellos que solo tienen que demostrar que no van a ser tan ricos el próximo año, para recibir un adiós seco y estéril; a que las cuatro paredes que nos protegen de nosotros mismos no queden vacías; a que nuestros hijos no deban recibir, por imposición de una mayoría absoluta, una educación anacrónica y triste, como la que recibieron nuestros padres (el que pudo).
Pero no pasará nada. La lentitud ha echado raíces en esta España y en esta Europa. Y lo peor de todo es que nosotros la estamos regando.
Seguiremos esperando a que esta primavera fría y lluviosa traiga el sol. A que no nos caiga la losa de un despido, después de haber prestado nuestra piel a aquellos que solo tienen que demostrar que no van a ser tan ricos el próximo año, para recibir un adiós seco y estéril; a que las cuatro paredes que nos protegen de nosotros mismos no queden vacías; a que nuestros hijos no deban recibir, por imposición de una mayoría absoluta, una educación anacrónica y triste, como la que recibieron nuestros padres (el que pudo).
Pero no pasará nada. La lentitud ha echado raíces en esta España y en esta Europa. Y lo peor de todo es que nosotros la estamos regando.